La caída de un apellido RATO.

Fernando (4)


Por: Fernando Herrero-Nieto / 
Predidente de VONSELMA GROUP.

El vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía quería ser el próximo presidente del Gobierno español. Para él, como para el capitán Ahab, encabezar el Ejecutivo español resultaba como arponear letalmente a “un Mobby Dick, una ballena blanca”. En aquel invierno crudo del 2003, a sólo unos meses de la designación dactilar por José María Aznar de su sucesor, el aristócrata del Partido Popular, el hombre más seductor de la derecha española, el político que había creado tendencia –el ratismo–, el gestor del “milagro español”, el lazarillo de España en su integración en la moneda única, quería culminar su carrera como él –y una inmensa mayoría de la militancia, cuadros y simpatizantes del PP– creía merecer: con la presidencia del Gobierno. Me lo estaba contando como director de ABC, el periódico de la derecha monárquica española, en plena resaca del año nuevo, con rapidez, con urgencia, pero con una seguridad que en Rato solía parecer prepotencia.

Rodrigo Rato Figaredo (Madrid 1949), con un primo –Antonio Rato– en el PCE y otro jesuita –Enrique Figaredo, un referente de entrega generosa a los indigentes en Camboya con el que colaboran los hijos de la alta burguesía madrileña–, fue desde 1979 (candidato aquel año de AP al Congreso, derrotado, en la circunscripción de Ciudad Real) el hijo que Ramon Rato Sampedro quiso que le resarciese de su trayectoria profesional cortocircuitada por un delito de evasión fiscal que en los años sesenta le llevó a la cárcel, asunto en el que dos hermanos del exvicepresidente –Ramón y Faustino– resultaron también condenados.

Rodrigo recibió una exquisita educación: primero en las Jesuitinas, luego en los Jesuitas de Chamartín –Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo, de acceso restringidísimo–, más tarde una licenciatura en Derecho por la Complutense y, para rematar los perfiles de un mirlo blanco, una larga estancia de dos años (1972-1974) en la Universidad de California. Allí aprendió economía y dominó el inglés. Manuel Fraga y Ramón Rato eran amigos, no del alma, pero sí amigos, y el gallego le reclamó los servicios de un joven tan prometedor. Rodrigo aceptó encantado porque él, además de aspirar a reivindicar a su familia, mostraba aversión a Unión de Centro Democrático. Le pregunto el porqué y Rato es nítido: “No entré en UCD porque aquel partido tenía un principio que no compartía: que la izquierda tenía razón”.

Rodrigo Rato siempre ha sido pragmático, pero con unas raíces ideológicas bien profundas en el conservadurismo español, como buen plutócrata entreverado con las influencias provincianas de Asturias y las capitalinas de Madrid. Esa versatilidad gustaba, entusiasmaba, a la derecha española que Aznar apacentó desde 1989 con la ayuda del propio Rodrigo. Se conocieron en 1980 e intimaron, aunque sus trayectorias se bifurcaron hasta el acuerdo de Perbes, en el que los notables de Alianza Popular aconsejaron al gran patrón, Manuel Fraga, que designase a su delfín en la persona de José María Aznar. Y así lo hizo. Y Rato estuvo allí y ya no se separó del poder, ni de las finanzas, ni de las em­presas.

A José María Aznar la derecha le ha respetado, pero no le ha amado. A Rodrigo Rato, la derecha le ha respetado y le ha querido. Sencillamente porque le seducía su historia personal, su presencia desenfadada y sonriente, su aire british, su desenvoltura, su verbo fácil, su superioridad dialéctica y gestual e, incluso, su éxito conquistador y sugestivo en las distancias cortas. Le gustaba que se llevase bien con Pedro J. Ramírez y con Juan Luis Cebrián, que pactase con unos y con otros y luego en los mítines encendiese los ánimos y se hinchase de balón. Rato era la referencia, el icono, “ese hombre” que la derecha necesitaba después de la adustez de Aznar.

Rodrigo Rato pierde pie en su biografía no cuando, como se suele afirmar rutinariamente, abandona de manera precipitada la dirección del Fondo Monetario Internacional en el 2007. La trayectoria del exvicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía sufre un quiebro irrecuperable cuando es preterido por Aznar en el 2004 en beneficio de un Mariano Rajoy que formaba parte de la alineación del dream team aznarista. Había una notable diferencia entre ambos: Rajoy era un funcionario sin encanto; Rato había amalgamado todo un equipo de colaboradores que se conducían como su guardia pretoriana: Luis de Guindos, Cristóbal Montoro, Juan Costa, Elvira Rodríguez, José Manuel Fernández Norniella, Pablo Isla…los ratistas que se comportaron en aquellos meses previos a la designación del sucesor de Aznar como un lobby que empujaba la candidatura de Rodrigo con un entusiasmo que terminó por resultar contraproducente.

Aznar –ahí están sus memorias más o menos explícitas en ese punto– optó por Rajoy y no lo hizo por Rato porque sobre su vicepresidente segundo planeaba lo que el pasado jueves se destapó: una finanzas familiares nunca pasadas por el filtro de la transparencia fiscal; un matrimonio frustrado con cierto escándalo –su exmujer, Ángeles (Gela) Alarcón, es ahora presidenta de Paradores Nacionales– y una nueva relación sentimental sin formalizar y una reticencia política insalvable: Rodrigo Rato no terminó de asumir en plenitud la política de José María Aznar en el conflicto de Iraq. En enero del 2003, aquel invierno gélido, el rostro de Rodrigo Rato reflejaba todas esas incertidumbres vencidas por su férrea voluntad de obtener el laurel que jamás un seductor como él pudo pensar que se le escapase de entre las manos.
Todo lo demás es ya sabido. Su huida inexplicada a medio mandato del Fondo Monetario Internacional, su aceptación –fue el candidato de Rajoy– de la presidencia de Bankia después de deambular cómodamente por otras entidades financieras y en consejos de grandes empresas y su caída a plomo. Volví a ver a Rato, transcurridos unos años, después de que Guindos, con la inestimable ayuda de Francisco González, presidente del BBVA y la reticencia de Botín y Fainé, le defenestrase de Bankia y comenzase así el calvario de un hombre que se trazó a si mismo su particular camino de la amargura. Rodrigo Rato sufría de acidez moral desde que Aznar le regateo el que él creyó durante muchos años era su destino: la presidencia del Gobierno. Todo lo que siguió a esa preterición es la consecuencia de un seductor que se convirtió en lábil, tornadizo y contradictorio.

El pasado siempre vuelve escribió Ortega y para Rodrigo Rato regresó cuando en el 2012 decide acogerse a la amnistía de Montoro y pagar una cantidad irrelevante por aflorar sólo parte de su patrimonio familiar. El resto permanece según la Agencia Tributaria en la opacidad: fraude, blanqueo de capitales y alzamiento de bienes. Una detención ominosa en pleno barrio de Salamanca de Madrid –el corazón popular de España– acaba con Rodrigo Rato como un juguete roto. Alguien decidió que era el momento de filtrar la noticia de que se había acogido a la regularización en el 2012 –¿fuego amigo?– y a partir de ahí el Gobierno precipitó una operación sobreactuada y efectista desde la media tarde del jueves hasta la madrugada de ayer viernes.
Rodrigo Rato Figaredo –el hombre que pudo reinar en la derecha– se ha convertido en un zombi político y social. Su media sonrisa es una mueca; su superioridad, una caricatura de sí mismo, pero con él ha arrastrado al abismo ocho años de éxito de la derecha española (1996-2004), ha ridiculizado a grandes empresarios que confiaron en él y le devolvieron a su regreso de Washington toda clase de favores, ha dejado colgados de la brocha a amigos poderosos que apostaron por él.

La cuestión ahora consiste en conocer los daños colaterales que van a padecer el Gobierno de Rajoy y su partido, que, previsiblemente, serán muchos porque Rodrigo Rato era un holograma permanente del auténtico PP. Ahora su legendario equipo –los ratistas– aparece como su ejecutor al modo en que William Shakespeare retrató a los asesinos de Julio César. No era necesario, dicen muchos en la calle Génova, sede central del PP, hacer pasar a Rodrigo Rato las horas infa­mantes del jueves y la madrugada de ayer, viernes. Fue, dicen “un escarmiento”. Muerto po­lítica y socialmente el gran aristócrata de la derecha española, su inigualable seductor, falta por ­saber si alguien de entre los que él encumbró le ayudaran o caerán a lo  igual que el NOBLE CABALLERO.

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