Las 5 claves para un buen debate político.

Por: Antonio Solá (www.antoniosola.com)

Llegan las elecciones, de cualquier tipo, y siempre se encuentran voces -ciudadanos, partidos y candidatos- que claman por un debate, pero ¿están pidiendo un debate real?

Muchos de los ejemplos televisivos que se encuentran hoy día no se corresponden con ello, sino que se conciben con el primer objetivo de que exista un encuentro entre todos los candidatos y, segundo, se pautan bajo rígidas condiciones que encorsetan los formatos y que, en muchas ocasiones, los convierten en sucesión de entrevistas.

Desde la organización, existen cinco claves que se debieran revisar antes de afrontar una iniciativa de este tipo:

Dinamismo. El tiempo promedio de atención de un adulto es ínfimo, influenciado por la inmediatez de las redes sociales, y por la dictadura de poder cambiar de contenidos con solo arrastrar nuestro índice por la pantalla. Esto repercute en la manera de consumir otros medios. Por eso, los debates televisados deben reinventarse para que, a través de su dinamismo, la ciudadanía se interese por ellos.

Selección de temas de interés. El tiempo es limitado y hay que aprovecharlo organizando bloques bien estructurados que respondan a las principales preocupaciones de los ciudadanos. De esta forma, hablar de ecología, de corrupción, de economía, etc., si no son temas de esa campaña concreta, no dará buenos resultados. No quiere decir que se queden fuera del programa, pero el debate electoral no es lugar para ellos.

Es mandatorio alimentarlos de ideas y propuestas para poder acercarlos a la sociedad y lograr que vuelvan a representarla. Para ello, debemos tener presente el primer metro cuadrado de los ciudadanos, y esto lo conseguiremos a través del análisis de encuestas y de la observación en redes sociales.

Moderador modera. Es común encontrar ejemplos de debates, donde el moderador se limita a introducir las preguntas y a abrir los bloques. Un buen profesional también es clave para el éxito del programa. Ha de responsabilizarse de que la conversación sea fluida y no encorsetada, ha de reconducir el debate si este se dispersa, y ha de ser firme y no ha de temblarle el pulso para llamar al orden a los debatientes en caso de que fuese necesario.

¡Queremos que exista debate! No sirven formatos cerrados, en los que los candidatos se pasan el turno de palabra en lo que podría equipararse al término futbolístico español “tiquitaca”.

Así sucedió en las últimas elecciones francesas. En la primera vuelta, se planteó un debate que tenía como máxima que los once candidatos presidenciales se expresaran en igualdad de condiciones y, para ello, se excedieron a la hora de pautarlo. ¿Qué sucedió? Se convirtió en un programa de casi cuatro horas de duración, en el que, además, brillaron por su ausencia los momentos de verdadera discusión.

La conclusión que se extrae de esto es que, si queremos debate, perfecto, que exista debate. Estas fórmulas que pretenden que todos los candidatos se sientan cómodos y seguros no encajan con ello. El debate es arriesgado y, por definición, entraña una contienda y, como se sabe, en las contiendas no siempre se gana y nunca se está seguro del todo.

Experimentos como este francés son más entrevistas a todos los candidatos concentradas en el mismo momento.

Ciudadanos. Si queremos que los ciudadanos nos escuchen, hablemos para ellos. Esto es imprescindible a la hora de que los candidatos preparen sus discursos, pero también es una obligación en la organización del encuentro. Por ello, ¿por qué no permitir preguntas del público? Arriesguemos. Por ejemplo, en uno de los debates que enfrentó a Donald Trump y a Hillary Clinton durante la última carrera presidencial a la Casa Blanca, la mitad del evento fue empleado para que los candidatos respondieran a preguntas del público y la otra mitad a las de moderadores. El público que participó haciendo las preguntas, fue seleccionado por la empresa de sondeos Gallup entre votantes indecisos.

En definitiva, una buena preparación de un debate ha de concebirse como un formato pautado, pero no rígido, que genere interés y que esté lleno de simbolismo.

 

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