carlos-ochoa-41-110x110   Por Carlos Eduardo Ochoa

La ceremonia de beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero estuvo rodeada por hechos significativos que se sumaron al hecho principal: el rito oficial católico, realizado el 23 de mayo pasado.

Primero, la ceremonia se realizó en la plaza Salvador del Mundo, rodeada por la Colonia Escalón, justo donde 35 años antes, algunas familias integrantes de la oligarquía de la época celebraron con fiestas, incluso con fuegos pirotécnicos, el asesinato del obispo mártir, porque vieron en él a un opositor al “status quo” a favor de ese grupo de familias que dominaban el país y los militares que estaban bajo su servicio.

La historia de las celebraciones del crimen lo ha contado muchas veces Monseñor Gregorio Rosa Chávez, Obispo Auxiliar de San Salvador, quien esa tarde, del 24 de marzo de 1980, estaba en el Seminario San José de la Montaña, ubicado en los alrededores de la Colonia Escalón, y alcanzó a escuchar el barullo. Hasta se podría pensar que casi escuchó el sonido de las copas al brindar.

Por otra parte, mientras en aquella época los periódicos con línea editorial de derecha, La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy, publicaban sendos panfletos en contra de Monseñor Romero; el domingo siguiente a la ceremonia de beatificación, ambos dedicaron sus portadas a resaltar la beatificación del arzobispo y ahora beato mártir.

Otro detalle importante fue que a la ceremonia asistieron todos los obispos del país, es decir, el pleno de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES). Esto constituye un importante signo de unidad episcopal en torno a la vida y obra de quien fue el cuarto arzobispo de San Salvador. Esta unidad no sucedió incluso el día del entierro de monseñor Romero, al cual no asistieron todos los obispos del país.

El historiador Roberto Morozzo Della Rocca menciona en el libro biográfico dedicado al mártir que los obispos de las diócesis menores, Álvarez de San Miguel, Aparicio de San Vicente y Barrera de Santa Ana, eran “abiertamente hostiles” a Monseñor Romero. A ellos se añade Monseñor René Revelo, quien fue obispo auxiliar de Romero, ambos mantuvieron una mala relación. El beato solamente contaba con el apoyo de Monseñor Rivera y Damas, quien lo sucedió al frente de la Arquidiócesis.

No podemos dejar de lado que a la ceremonia asistió el alcalde de Santa Tecla, Roberto d’Aubuisson, hijo del mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta, fundador del partido de derecha Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y a quien la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas, en 1993, señaló como el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero. La asistencia de su hijo a la ceremonia constituye un reconocimiento al legado del beato mártir, a pesar de que siempre ha negado que su padre haya participado en el magnicidio.

Finalmente no se cumplió una profecía del mayor quien, según narra su hermana María Luisa d’Aubuisson de Martínez, le dijo que a ese que le disparó a Romero “le van a hacer un monumento en este país.”. Se sabe, por investigaciones del Diario Colatino, que el francotirador fue un ex guardia nacional, de quien hay pocas referencias, pero, “cuando aparece, le dan trabajos de guardaespaldas, trabajos que desempeña por corto tiempo, y luego desaparece”.

Dicen que “la vida da muchas vueltas “y en el caso de Monseñor Óscar Arnulfo Romero el tiempo se encargó de hacerle justicia, sobre todo el reconocimiento público de la verdad de su vida y su obra a favor de los pobres y marginados de El Salvador. Otra señal importante es que muchos de quienes antes no lo comprendieron, ahora lo reconocen públicamente y tienen sed de conocerlo mejor.

 

Por Asesmap

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